"...a veces nuestros pensamientos, nuestra imaginación y nuestros sentimientos, nos llevan hacia lugares a los que no podemos ir..."
 
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Para ir a Marte, antes tenemos que volver a la luna  (27-05-2015)
"Houston, tenemos un problema..." La legendaria alerta transmitida por James Lovell probablemente sea la frase más citada de toda la carrera espacial (con permiso del "pequeño paso para un hombre, y salto gigante para la Humanidad" de Neil Armstrong). Pero en realidad, el intercambio original fue un poco más largo. "Hey, Houston, hemos tenido un problema aquí", avisó el comandante del Apolo 13. "Aquí Houston, repite lo que has dicho, por favor", contestó el ingeniero jefe de la misión. "Houston, hemos tenido un problema", insistió Lovell.

Sin embargo, al final la versión abreviada de cuatro palabras que los guionistas de Hollywood pusieron en boca de Tom Hanks, quien encarnó a Lovell en la película Apolo 13, se ha instalado para siempre en el imaginario colectivo. Hoy, "Houston, tenemos un problema" luce en las camisetas, tazas y pegatinas que los turistas compran como rosquillas en la tienda de souvenirs del Centro Johnson de Houston. Aquí, en esta meca de la conquista espacial, se puede visitar la Sala de Control original donde los ingenieros de la NASA lograron idear una solución para el problema del Apolo 13. Todo se ha preservado exactamente como era en aquella edad dorada de la exploración cósmica, con unos ordenadores antediluvianos, mucho más primitivos que cualquiera de los móviles que llevamos hoy en nuestros bolsillos, y un teléfono rojo con línea directa al Pentágono, como en el famoso filme de Stanley Kubrick.

El mes pasado se cumplieron 45 años de este heroico episodio en la historia de la carrera espacial, que estuvo a punto de costarles la vida a Lovell y a sus dos compañeros, Jack Swigert y Fred Haise. Fue el 17 de abril de 1970 cuando aquellos astronautas, impulsados por ese temerario espíritu aventurero que Tom Wolfe bautizó como the right stuff ("lo que hay que tener"), lograron amerizar en el Pacífico sanos y salvos, tras un drama trepidante de seis días.

"Al principio, no sabíamos exactamente lo que había ocurrido. Escuchamos una explosión, pero desconocíamos si era un problema serio", confiesa Lovell a EL MUNDO durante una conmemoración por el aniversario del Apolo 13 organizada en Houston por Omega, la marca de los relojes que utilizaron los astronautas en todas las misiones de la NASA. "Nuestra primera hipótesis fue que un meteorito había impactado sobre el módulo lunar, pero poco después nos dimos cuenta de que había explotado un tanque de oxígeno. Entonces miramos por la ventana y cuando vimos que el oxígeno estaba saliendo de la nave, sabíamos que el problema era muy, muy serio", recuerda Lovell, hoy un space cowboy jubilado de 87 años.

De hecho, el comandante del Apolo 13 admite que, tras aquel estallido, las probabilidades de que volvieran a casa "eran de en torno al 10%" porque "no era una avería prevista, ni se había ensayado ningún tipo de solución" durante los simulacros de emergencia que habían realizado durante sus entrenamientos. Fue necesario, por lo tanto, improvisar por completo un plan elaborado entre los astronautas y los ingenieros de Houston. "Les suelo tomar el pelo a los compañeros de la Sala de Control, porque ellos estaban en una cómoda sala con café caliente y cigarrillos, y nosotros nos encontrábamos en una nave averiada, fría y húmeda, a 320.000 kilómetros de la Tierra", bromea Lovell. "Pero entre todos, logramos convertir aquella misión, que parecía una catástrofe casi segura, en un gran éxito, porque dadas las circunstancias llegar a casa fue el mayor éxito posible".

La primera decisión inevitable fue abortar el aterrizaje previsto sobre la Luna, lo cual supuso un gran disgusto para Lovell y sus compañeros, que se quedaron sin cumplir el sueño para el que llevaban muchos años preparándose: poner sus pies sobre la superficie lunar. Sin embargo, no había alternativa: como la explosión había dañado severamente el módulo principal de la nave, la única solución fue convertir su vehículo lunar en un bote salvavidas. De esta manera, toda la energía y el oxígeno que se habían previsto para el alunizaje se aprovecharon como recursos de emergencia. Gracias a este plan B, cuya elaboración se retransmitió en directo ante millones de telespectadores, los tres astronautas pudieron regresar a la Tierra.

La solución al "problema" implicó también la construcción de un aparato para eliminar el dióxido de carbono que amenazaba con envenenar a los tripulantes con sus propias exhalaciones, ya que el aire de la nave no se estaba filtrando adecuadamente. Los ingenieros de Houston lograron diseñar en tierra un mecanismo con los tubos, tornillos y otros materiales que los astronautas tenían a bordo, y después les explicaron a Lovell y sus compañeros cómo construirlo a bordo de la nave. Aunque en un sentido la misión fue un fracaso porque no pudimos aterrizar en la Luna, al final el hecho de que sobreviviéramos fue un gran triunfo que demuestra lo que se puede lograr con liderazgo, un gran trabajo en equipo, mucha iniciativa, ingenio y motivación, sentencia Lovell.

Cuando se le pregunta al comandante del Apolo 13 por sus sentimientos durante aquella terrorífica odisea en el espacio, asegura que en todo momento él y sus compañeros mantuvieron la calma, y ésa fue precisamente la clave de que hoy siga vivo para contarlo: "En esas circunstancias, no hay alternativa: la única actitud adecuada para sobrevivir es no tirar la toalla. Si nos hubiéramos quedado paralizados, esperando a que se produjera un milagro, seguiríamos ahí arriba. La clave fue analizar los recursos que seguíamos teniendo disponibles para afrontar la situación, y hablar con Houston para encontrar una solución entre todos. Fuimos resolviendo cada crisis que nos iba surgiendo, una a una, hasta que salimos de aquel atolladero. Lo logramos porque mantuvimos siempre una actitud positiva, y en ningún momento sucumbimos al pánico".

Hay que tener en cuenta, como recuerda Lovell, que tanto él como todos los astronautas del proyecto Apolo habían sido entrenados como pilotos militares, y estaban acostumbrados a afrontar situaciones de alto riesgo. "Desde niño, siempre quise ser aviador", asegura. Pero además, en el caso del programa lunar de la NASA, a todos los futuros tripulantes se les sometió a durísimas pruebas de resistencia física y psicológica, que incluyeron periodos de aislamiento en la selva de Panamá. "Nunca olvidaré cuando tuve que cruzar un río a nado, y alguien me avisó de que los pececillos que me rodeaban eran pirañas", dice Lovell.

"Cuando eres joven, te gusta vivir al límite. En mi caso, fui piloto de la Navy, dedicándome a volar con vehículos de prueba desde portaaviones, y cuando fui seleccionado para formar parte del programa espacial, me pareció la oportunidad ideal para ir más lejos en la senda profesional que más me apasionaba", rememora el comandante de Apolo 13. "Era consciente de los riesgos, por supuesto, pero pensé que las recompensas hacían que mereciese la pena. Y así fue, aunque al final el riesgo fue mucho más alto de lo que jamás me hubiera imaginado".

De hecho, Lovell reconoce que hasta el momento exacto en el que se abrieron los paracaídas de su cápsula y la nave descendió suavemente sobre las aguas del Pacífico, no pudieron respirar tranquilos. La reentrada en la atmósfera fue un momento de máxima tensión, ya que la nave tenía que resistir temperaturas de más de 1.000ºC y ni ellos ni los técnicos de Houston sabían con certeza si la explosión del tanque de oxígeno había dañado el escudo protector del vehículo. Pero incluso después de superar esta arriesgadísima maniobra, su último miedo fue que los paracaídas no se abriesen y cayeran en picado sobre el océano: "Como habíamos apagado casi todos los equipos para ahorrar energía, temíamos que el frío y la humedad que se acumuló en la nave impidiera el funcionamiento del mecanismo que accionaba la salida de los paracaídas. Pero cuando vimos cómo se desplegaban, entonces sí supimos que lo habíamos conseguido", recuerda.

Hoy, al comandante del Apolo 13 le disgusta profundamente la situación actual de la NASA. La humillante paradoja es que tras haber ganado la carrera espacial al llegar a la Luna antes que los soviéticos, hoy la agencia estadounidense no tiene más remedio que alquilar una plaza en las naves rusas Soyuz para lanzar a sus astronautas, por el módico precio de 70 millones de dólares. Tras la jubilación en 2011 de sus transbordadores (dos de los cuales explotaron, provocando la muerte de 14 astronautas), ahora mismo EEUU no tiene capacidad propia para lanzar misiones tripuladas, aunque está desarrollando un nuevo vehículo para intentar llegar a Marte.

"Hemos perdido el liderazgo del pasado y la gran tragedia es que hemos dejado de inspirar a los jóvenes para que sigan nuestros pasos, como en los años del Apolo", lamenta Lovell. Pero a pesar de la crisis actual, esta leyenda viva de la carrera espacial está convencido de que la NASA remontará el vuelo, y para lograrlo tiene muy claro cuál debe ser el camino: "Necesitamos un objetivo y un compromiso firme. En mi opinión, lo primero que tenemos que hacer es volver a la Luna. Deberíamos desarrollar la tecnología y la infraestructura necesarias para poder viajar de manera rutinaria a nuestro satélite e instalarnos allí un tiempo. Sólo después, una vez que consigamos este primer objetivo, podremos aprovechar ese conocimiento para llegar hasta Marte".

Lovell, por tanto, se distancia del actual programa espacial de la NASA impulsado por Obama, que canceló el proyecto para volver a la Luna promovido por la Administración Bush, y en su lugar pretende enviar una misión tripulada a un asteroide antes de lanzarse a la conquista de Marte a partir de 2030.

En todo caso, el comandante del Apolo 13 tiene muy claro que no sólo EEUU, sino toda la comunidad internacional en su conjunto, debe seguir apostando por la exploración espacial. No sólo para conocer nuevos mundos y desarrollar tecnologías de vanguardia, sino también para tomar plena conciencia de lo que somos y de nuestro lugar en el Cosmos: "En el espacio me di cuenta de lo que realmente es la Tierra: un planeta que desde la Luna no es más que una bolita que puedes tapar con un dedo. Desde ahí fuera, el mundo entero, todo lo que conocía, cabía detrás de mi dedo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo realmente insignificantes que somos todos. Nos encontramos sobre un pequeño cuerpo, orbitando una estrella que se encuentra en el extremo de la Vía Láctea, y nuestra galaxia es tan sólo una de las miles de millones que hay en el Universo. Tenemos la increíble suerte de habitar un planeta en el que ha surgido la vida. Es un gran privilegio poder disfrutar de este mundo, que al fin y al cabo es como un vehículo espacial con recursos limitados. En ese sentido, somos todos astronautas a bordo de la nave Tierra".

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Fotografía Paranormal
© Guillermo Nuñez Sordo 2005